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Sereno moderno | La normalidad se puso rara: Culiacán tras el 17-O

“Ha sido un día agradable”, me dijo. Tal vez se refería a la mañana nublada y a la breve tormenta que olvidamos pronto. Le gustan los días lluviosos. Y en Culiacán el calor de octubre había sido cosa culera, hasta que ese día el clima decidió aligerar poquito la mano. Corrí, me mojé durante la lluvia, y una bola de estudiantes también mojados se amontonaron frente a mí para comprar papitas y refrescos. Creí que eso sería lo más interesante que iba a ocurrir el jueves. 

Camionetas blindadas en calles de la ciudad.

Al mediodía fui al súper. De regreso a casa, me asomé al Facebook. “¿Alguien sabe qué pasó por el Kentucky?”, puso un compa. Chale, otra balacera, pensé. No tenía ni media hora de haber pasado por ahí. Dormí. Al despertar, mi celular tenía una cantidad inusual de mensajes. “¿Estás en tu casa?”. “¿Todo bien contigo y tu familia, Javier?”. “¿Qué onda con Culiacán?”, preguntaba alguien de fuera. Entonces comencé a enterarme de la noticia que escaló a nivel internacional.

Siempre me he considerado un pinche suertudote. Sin saberlo, me encerré a tiempo y no quedé atrapado en algún establecimiento, como tanta gente que se vio obligada a resguardarse durante las varias horas que la ciudad sufrió un acto terrorista. Tampoco sentí el pánico de quienes bajaron de sus vehículos para agacharse y proteger a los suyos en medio de las detonaciones. Mi carro no fue arrebatado a mano armada para quemarlo en los puentes. Mi cuerpo no fue alcanzado por ninguna bala, como sí ocurrió con personas que no la debían y que ahora faltan, en las cifras oficiales y sobretodo en sus familias.

Estoy consciente del privilegio que fue no haber padecido en carne propia, por azares del destino, la situación tan jodida que se vivió en las calles de mi Culiacán en esto que ahora llaman jueves negro. Pero dudo mucho que eso me invalide para tocar el tema. No porque en Facebook abunden los que opinan, y luego los que opinan contra los que opinan, voy a creer que me compete callar. En lo individual, no tengo nada que ver con que el gobierno implemente un operativo desastroso para detener a un narcotraficante. En lo social, soy parte del problema.

Armas de alto calibre de uso exclusivo del ejercito.

Porque soy de esta generación que un día le va a explicar a otra de qué se trató el 17 de octubre de 2019. Y vamos a tener que encontrar las palabras adecuadas para contar cómo es que, después de los días de encierro, después de que el centro fuera un pueblo fantasma con negocios cerrados y sin un alma en la calle, volvimos a nuestras rutinas creyendo que recuperábamos la normalidad. No sé si apostamos a la frialdad o a la desmemoria, luego de haber visto cómo nuestros vecinos, si se les presionaba, eran capaces de tomar la ciudad de rehén con armamento exclusivo del ejército estadounidense. Después del gobierno sometido y de Culiacán en llamas, la normalidad cuando menos va a estar un poco rara.

“No hay recuperación, hay un constante olvido”, expone Eduardo Ruiz en este brutal texto que nos confronta como habitantes de una tierra humillada. También concuerdo con Élmer Mendoza cuando le pide al presidente, además de una estrategia que no ponga a la ciudadanía en riesgo, algo de empatía por las personas que resultaron afectadas en el operativo. Como siempre, la opinión pública se dividió en bandos. Pienso lo mío. Politizar el asunto es para las hienas. Si vale la pena defender algo es la fuerza constructiva, trabajadora y creativa de la ciudad. Ya están invitando a manifestarse bajo el nombre de Culiacán Valiente, y me parece una parte importante de lo que hay que hacer para tener generaciones cada vez más sanas. La otra parte corresponde a la memoria. 

Personas enmascaradas en el Blvd. Tres Ríos.

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