Música

Hablemos de Taller Para Niños, los pioneros culichis del punk rock


Por cada grupo que obtiene el éxito masivo, la conquista mediática y las letras grandes en los carteles de festivales, hay otro que escapa a la luz de los reflectores, pero que deja huella en los corazones de cientos, tal vez miles de fans. Son esos casos extraños en que sólo el paso del tiempo nos permite dimensionar un estilo, un sonido y una escena a partir de la presencia de esas estrellas fugaces que permanecen como emblema de una época. Y Culiacán tuvo la suya.

La última vez que Taller Para Niños tocó en vivo fue hace siete años, y desde entonces no hemos visto en esta ciudad un fenómeno parecido. Se trata de una banda pionera en su género que mantiene un fuerte lazo con el entorno que le tocó vivir, ese Culiacán de los primeros años dosmiles que vio una efervescencia de punk rock y ska entre sus juventudes alternativas. Hicieron canciones que suenan a las patinetas llenas de calcas, camisetas de marcas de skate y cachuchas con la visera para atrás, a CD´s quemados con rolas bajadas del Ares, a los pasillos de la prepa. Canciones de un tiempo anterior a las redes sociales, que sin salir en la radio ni en la tele tuvieron resonancia en las mentes de fans dentro y fuera del país.

Esta es la historia que nos contaron Will Soto y Salvador Vazquez, ejecutores de esa parte cantante y guitarrera que imprimió el sello del Taller más entrañable que ha dado la ciudad en lo que va del siglo. 

“¿Sabes qué, wey? Me gustaría hacer una nueva banda…”

Ocurrió cuando integrantes de Contracultura y Mario Cardona y sus Vallenatos, dos grupos locales de finales de los noventas, armaron un ensamble para coverear The Decline, la célebre canción de NOFX. “Yo tenía una espinita, porque yo tenía la inclinación por un punk rock más al estilo NOFX, y Vallenatos (el grupo en que tocaba la guitarra) estaba más tropical, muy influenciado por el reggae y el ska”, recuerda Will. Fueron esos primeros acercamientos con Chiki, guitarrista de Contracultura, los que empezaron a fraguar el dueto que se volvería marca de la casa. Con la adición de Roger en la batería y Fidel Picos en el bajo, poco después, la primera alineación de Taller Para Niños estaba completa. 

Eran tiempos en que el punk melódico en inglés alcanzaba la cúspide de su popularidad masiva. Blink 182 dominaba MTV con los éxitos del Enema of the state, el videojuego de Tony Hawk’s Pro Skater la rompía en todas las consolas con un soundtrack demoledor y disqueras como Fat Wreck Chords y Epitaph ya llevaban años lanzando propuestas que se volvían referentes del género. Y en Culiacán, cuatro muchachos influenciados por No Use For A Name y Lagwagon se metían al estudio para grabar Todo Por Nosotros, ese disco icónico del underground. 

“No había grupo que sonara así”, cuenta Chiki. “Del centro (del país) hacia abajo eran más platicadas las canciones, y nosotros traíamos la melodía más cantadita”. Y es que la narrativa del punk en México, hasta entonces había orbitado alrededor del hardcore y la música de protesta, sonidos más crudos y viscerales, perpetrados por gente en chaquetas con estoperoles y los pelos parados. El estilo californiano, al que Taller Para Niños era más cercano, apenas aparecía en el mapa en ciudades dispersas del país, con unos cuantos grupos que se animaban a cantarlo en español. 

Nintendo mata soledad

“Cuando empezamos a hacer tocadas, éramos de los que más participamos en la organización del show, tanto en la publicidad como en aportar dinero para el pisto, la imprenta, repartir flyers, pegar posters”, dice Will. Era la escena de los primeros dosmiles, con tocadas en estacionamientos, en patios y bares casi cada fin de semana. Con grupos foráneos que hacían escala en la ciudad al pasar de gira, que en muchas ocasiones se convertían en un contacto útil para las bandas locales que querían tocar fuera.

Sin Youtube, mucho antes de Spotify y las redes sociales, las bandas tenían que recurrir a la propaganda en físico para darse a conocer. Y sin vivir en la CDMX, la difusión se complicaba aún más. Las emisoras de tele y radio locales nunca fueron opciones viables. Todo se quedaba en lo que una banda podía hacer por tocar fuera de su ciudad, vender su mercancía y mover sus mp3 en el internet de aquellos años. 

Con esa red primigenia de contactos y fans, Taller Para Niños llegó a recorrer desde Tijuana hasta Yucatán, tocando en la mayoría de los estados casi siempre con gran recibimiento. En Durango, el furor fue tal que se tuvo que cancelar el concierto: el foro había sobrepasado su capacidad. “Estábamos en la zona más caliente de nuestro momento”, cuenta Will. “Estabas yendo a tocar, te juntabas con la gente que le gustaba lo que se estaba escuchando, la moda, estabas en el pinche ambiente al pedo para poder desarrollarte”.

Mucho de lo que jugó a favor de este grupo fue esa virtud que tiene la música de conectar con el escucha en sus propios términos, el hechizo que se produce cuando sientes que una canción te habla acerca de lo que estás viviendo. Generaron un crecimiento orgánico, nutrido principalmente por los raros del salón, todas esas ovejas descarriadas que no disfrutaban lo mismo que las demás y que sólo en las tocadas parecían encontrar casa. Punkeros, les decían aquí, a esas cabezas entre las que trascendió Mario Bros 3, tal vez el único hit de Taller Para Niños que se volvió más famoso que ellos mismos, covereado incansablemente en distintas regiones de este lado del mar.

Y así llegaron varias veces a la CDMX donde se hicieron amigos de Allison, grupo que hasta hoy en día rinde tributo al Taller tocando Mario Bros 3 en sus conciertos. “Después los vi en la tele y dije ah cabrón, ya brincaron”, comenta Will. “En ese proceso, visualizarte como músico, estar en una disquera, salir en la tele, sí era algo que querías, por más que la gente lo niegue. Cuando los veo a ellos dije qué chingón, pero ya en mí era como un too late Taller, el momento de nosotros había pasado”. 

Vino la grabación de otros dos discos, ya con una intención de madurez y profundidad en las composiciones. Vinieron más tocadas en diferentes ciudades y vino Hellen, el proyecto alterno en que las dos voces principales de Taller incursionaron en el emo. Según Chiki: “nos iba bien y disfrutamos, pero nos dábamos cuenta que necesitábamos hacer mucho más, cómo le íbamos a decir a MTV o Telehit hey, vente para acá”. Según Will: “en tu intención de sostenerlo te cansabas, no salía dinero, te regresabas. Cuando esto tenía que darte, no te daba y ahí era la frustración. Nos iba bien en el aspecto de que hacíamos lo que nos gustaba, pero si yo decía quiero crecer, entonces no me fue bien hoy”.

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“Pero creo que también faltaron huevos, no le puedo echar la culpa a la escena ni a que no le hayamos gustado a una disquera”, agrega Will. “Simplemente era un componente de muchas cosas, y una de ellas era la decisión”. A sus 38 años, recuerda la vez que un amigo le dijo que había visto un video de Taller Para Niños en MTV. “Nosotros no tenemos video en MTV”, respondió, extrañado. El amigo se confundía. Había visto el video de Televidente de División Minúscula.

La escena independiente de esa época comenzaba a despuntar en lo nacional. Pronto el nombre de Panda se volvió frecuente en radio y televisión. Posteriormente se empezaron a notar grupos como Hummersqueal, Kill Aniston y Austin TV, entre otros tantos. Para muchos fans, Taller Para Niños merecía un lugar en ese pequeño boom de grupos que tomaban su principal influencia del punk rock melódico. 

En 2012, el Taller tenía cinco años que no pisaba un escenario. Se reunió para una ocasión especial, un concierto que mandó a cientos de personas de vuelta a la adolescencia. Se reafirmó el peso de este grupo en la historia de Culiacán, al haberse ganado el corazón de la gente como ningún otro hasta la fecha. Un grupo y una colección de canciones que pueden considerarse responsables de haber animado a varias personas a tomar un instrumento y hacer su propia música. Y que hoy se dedican a la música de manera profesional. Hablando de una ciudad necesitada de influencia positiva. “Para mí fue divertido”, concluye Chiki.  

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